jueves, 5 de mayo de 2016

Lanuza

El renacer de un pueblo abandonado
José Manuel Almerich





Tras medio siglo de silencio, Elena, Orosia y Quiteria lanzaron de nuevo al viento sus repiques. El sonido que marcaba las horas, las liturgias, los bautizos, y también la muerte, han vuelto a resonar en el valle de Tena. Cuando en 1961 comenzaron las expropiaciones, las cuarenta familias que habitaban Lanuza tuvieron que abandonar el pueblo. Algunas se resistieron pero en mayo de 1976 se cerraron definitivamente las compuertas. El pueblo estaba condenado, en ese momento vivían 147 personas. Dos años después, fueron desalojados los últimos vecinos.




El agua fue inundando los campos primero, los pastos después y por último las casas más bajas. El pueblo quedó desahuciado. El viejo camino junto al río, los pequeños huertos, las calles empedradas, prados y corrales, junto con la cultura ancestral de un paisaje humanizado, quedaron bajo el embalse. El expolio, allí donde el agua no llegó, hizo desaparecer verjas, puertas y dinteles, aperos de labranza, tejas y los muebles que quedaron en las casas.



Hasta las campanas fueron arrancadas de la Iglesia y el templo, abandonado a su suerte, comenzó a desmoronarse como un penitente herido, mudo testigo ante el abandono y la desolación.

El origen de Lanuza es tan antiguo como su propio nombre, un topónimo celta que significa ladera,  haciendo alusión a las suaves vertientes donde se fue levantando el casco urbano entre praderas y bosques de ribera, en la soleada orilla del río Gallego. La primera referencia a Lanuza aparece documentada en el siglo XIII. A finales del siglo XV contaba ya con veinte hogares y formaba parte, junto con Sallent, de uno de los tres históricos quiñones o núcleos administrativos en los que se dividía el valle de Tena.  



Desde la Alta Edad Media, el Valle fue considerado como una unidad independiente, una Universidad gobernada por un concejo de representantes de los diversos lugares como un pequeño parlamento. Durante el siglo XV se denominó la “Hermandad de Tena” que luego se transformó en la Junta General de la Val de Tena, presidida por el Justicia. Por aquel entonces, la Val de Tena contaba con doce pueblos agrupados en tres quiñones: Sallent y Lanuza que formaban el quiñón de Sallent. Panticosa, Hoz, el Puello y Exena formaban el quiñón de Panticosa, y Tramacastilla, Saqués, Búbal y el núcleo aislado de Polituara y las casas de la Artosa y la Pardina, Piedrafita, Escarrilla y Sandiniés, el quiñón de Partacua. Estarluego y Exena desaparecieron en el siglo XVI, Búbal, Polituara, Saqués y Artosa fueron afectados por la construcción de los embalses y Lanuza se abandonó completamente en la década de los setenta. El quiñón tenía competencia en materia de pastos, ganados, construcción de puentes y reparación de caminos. Los documentos antiguos hablan de buenas relaciones con los valles franceses de Ossau y San Sabín, lo que indica una unidad económica y cultural común pirenaica, un hecho que chocaba frontalmente con las distintas políticas de sus respectivos países.



Lanuza tuvo años de prosperidad, cuando el comercio de la lana era la principal actividad económica del valle, y la cercanía de la frontera del Portalet de Aneu lo convirtió en una zona de paso obligado e intercambio comercial. También de guerras como la Independencia ya que los pueblos del valle fueron los que primero la sufrieron; la primitiva iglesia románica fue quemada por los franceses.   




Por esta época Lanuza tenía 40  casas y una cabaña ganadera de 5000 ovejas, 40 mulas, 23 vacas y 4 asnos. Una riqueza superior en proporción a los otros pueblos, algo que les permitía una vida digna dentro de las limitaciones que tenían los habitantes de montaña en una España atrasada, pobre e incomunicada.  Pero este aislamiento y olvido ancestral, no le libró de proyectos considerados de interés nacional como fue la construcción de los embalses en un momento que no había ningún tipo de consideración con el patrimonio ni con el medio de vida de sus habitantes, y lo que es peor, con graves errores de cálculo ya que en muchas ocasiones el agua no cubrió totalmente los pueblos afectados. 



Pero como si esta misma agua hiciese germinar la semilla del recuerdo, los vecinos desplazados comenzaron una batalla contra la Administración y volvieron al pueblo a recuperar las casas y los solares que no habían sido inundados. En 1992 la propia Confederación Hidrográfica del Ebro empezó a revertir los terrenos y el núcleo urbano que quedaba por encima del nivel de seguridad del embalse. Los antiguos moradores consiguieron  restaurar poco a poco sus viviendas e iniciaron un proceso de revitalización que sigue activo. Se creó una asociación cultural, heredera de la antigua asociación de vecinos “La Escuela” y reconstruyen la Iglesia del Salvador con la ayuda económica del Gobierno de Aragón y el resto con la aportación de los vecinos. Quedaban las campanas que fueron recuperadas una a una pese a la oposición del Obispado, excepto Santa Orosia, la más pequeña, que había sido construida en 1884 y de la que nadie sabía nada. 



Varios años después de la expropiación, uno de los vecinos llamado Marcos Grasa, se puso a investigar para averiguar el paradero de varios objetos de culto que habían desaparecido de la Iglesia, y entre ellos la campana Santa Orosia, que era la que repicaba las horas. Sebastián y Jerónimo, dos pastores que en verano volvían con su ganado a los prados de Lanuza, le contaron a Marcos que un día vieron salir un coche del pueblo abandonado con matrícula de Barcelona. Tras su partida, la campana había desaparecido. Sin más datos poco se podía averiguar, pero un día, en febrero de 1998, y tras haber publicado un artículo con referencia a este hecho en una revista de Jaca, llamada Jacetania, un señor llamó a su casa desde Sabadell, quien le confesó que sabía dónde estaba la campana y, no sólo eso, sino que conocía al propietario del coche que se la había llevado. Le dio sus datos, nombre y teléfono, y tras una serie de gestiones, la pequeña Santa Orosia fue recuperada.  En septiembre de ese mismo año, la iglesia fue entregada a Lanuza en la Iglesia de Sallent y unos días después, fue colocada de nuevo en la torre de la Iglesia. La Iglesia del Salvador reconstruida totalmente sobre el templo románico incendiado por los franceses, ha quedado como símbolo de un pueblo rescatado del abandono total. También se recuperaron costumbres ancestrales como la danza del palotiau, una representación muy antigua, mezcla entre pastoril y guerrera, en la que los danzantes hacen chocar entre sí cayados de madera.



En la actualidad el pueblo ha sido restaurado en su totalidad. Viven 8 familias de forma permanente y la vida ha vuelto de nuevo a Lanuza. Calles de piedra, casas levantadas sobre solares que jamás se inundaron y viviendas reconstruidas sobre sus propias ruinas vuelven a tener las techumbres cubiertas de pizarra negra. Hay quien dice que el pueblo no es lo que era, que ha quedado demasiado “perfecto”, que ahora es un lugar de veraneo o reclamo turístico para explotar el potencial que tiene un lugar como éste cercano a las pistas de esquí.  Pero esta afirmación, siendo en parte cierta, no tiene en cuenta el esfuerzo de sus vecinos, el derecho a recuperar lo que fue suyo y también de gente foránea que ha contribuido a redimir del olvido, un pueblo abandonado. Y buscar una salida económica a un valle entero, es un derecho y una labor de supervivencia, la única posible en este recóndito lugar de los Pirineos.


En verano Lanuza tiene un dinamismo propio de los pueblos con vida y en invierno, la nieve les permite subsistir. Los antiguos vecinos vuelven por vacaciones y los que no, alquilan sus casas a turistas que practican el senderismo u otras actividades vinculadas con la naturaleza y respetuosas con ella. Y eventos culturales que han convertido Lanuza en un punto de referencia universal como es el Festival de Pirineos Sur durante la segunda quincena de julio. Este festival congrega en el pueblo a los más importantes grupos de música étnica, tradicional y alternativa procedentes de distintas partes del mundo. Por otro lado, las fiestas patronales, también recuperadas, tienen lugar el último fin de semana de agosto, además del día de Santa Quiteria, o Fiesta Pequeña, que se celebra el 22 de mayo.



Entre la gente forastera que ha contribuido a recuperar Lanuza, se encuentra el valenciano José Manuel Martínez Rosaleny, conocido en Albal como Pixurri, un empresario rebosante de inquietudes y trabajador incansable que descubrió el pueblo abandonado mientras participaba en la Quebrantahuesos, una prueba ciclista de gran dureza que recorre desde hace más de veinte años los valles del Pirineo Aragonés. Pitxuri vio de lejos el pueblo, se fijó en sus casas en ruinas al otro lado del río y pensó: “tengo que construir una casa allí”




Y así fue. Siete años después volvió al valle con su mujer y decidió adquirir un solar sobre el que construyó su casa. Una casa alta, de amplios y luminosos ventanales, sólida y elegante, totalmente integrada en el casco urbano, y que convirtió en alojamiento rural las apartamentos más elevados. Cuidó al máximo los detalles de la obra, buscó materiales de primera calidad de acuerdo con el entorno, la dotó de todas las comodidades incluidos  sauna, jacuzzi y spa, y consiguió algo fundamental: poner en valor un pueblo abandonado.



Desde entonces el viajero, montañero, excursionista o esquiador tiene un lugar donde descansar dignamente adaptado a todas las normativas del turismo rural aragonesas. Y así se levanta un pueblo abandonado, no sólo recuperando las casas sino invirtiendo en ellas, y confiando en su potencial turístico, algo que en muchas ocasiones no ocurre en el mundo rural, ya que sus propios habitantes no son conscientes o no creen en el valor de su propio entorno.



Pixurri contribuyó, como cualquier vecino, en los gastos de la recuperación del pueblo; dos antiguos vecinos de Lanuza, Marcos Crasa y Ángel Pérez, le comentaron si podía hacerse cargo del reloj de la torre de la Iglesia, y que precisamente lo iban a reparar en Valencia. Sin dudarlo ni un instante, Pixurri se hizo cargo de los gastos e hizo el donativo que le pidieron para este menester y que el reloj volviese a tocar las horas, pensando sobre todo en el esfuerzo que estos hombres habían hecho el pueblo que les vió nacer. Lanuza le entró por la vista y le llegó al corazón mientras rodaba en bicicleta por el valle de Tena. La casa rural, un sueño cumplido, permanece ahora abierta todo el año garantizando alojamiento a los visitantes que deseen conocer este rincón del pirineo aragonés. Amplía la oferta para los esquiadores en pleno invierno, y permite una estancia relajada y fresca durante el verano. 
En el año 2001 en Lanuza no existía el asfalto, ni alumbrado público. Tan solo una Iglesia y siete casas. Hoy ya tienen 65 viviviendas recuperadas, un hotel, un restaurante y Casa Pixurri. Un sueño hecho realidad del que algunos de sus artífices no pudieron despertar, ya que se fueron sin  haber visto su pueblo renacer.




Recorrimos el valle finales de otoño. Ascendimos a los collados cercanos al pueblo y descubrimos las ermitas escondidas testimonio de la vida humilde y sacrificada de sus habitantes. El Valle de Tena no sólo es un lugar donde ir a dormir tras un día de esquí. Es el legado cultural que dio origen al Consejo de Aragón y una de las puertas de entrada a España desde Francia. Rebosa historia por los cuatro costados y también, esconde en las construcciones secretas de la Línea P los secretos mejor guardados de las últimas guerras europeas.



Portalet d’Aneu, Formigal, el balneario de Panticosa, Polituara o el pueblo de Sallent de Gallego al que ahora pertenece Lanuza, son lugares de visita obligada y punto de partida a los grandes tres miles del pirineo aragonés: Balaitus, el Gran Facha, Argualas o los Picos del Infierno, grandes cumbres que vigilan el valle y aportan con sus nieves casi perpetuas, el agua que da vida a los pueblos y sus gentes. Esperan también, en un enclave de extraordinaria y sublime belleza, que algún día los conquistemos andando.

martes, 28 de julio de 2015

Islandia

La energía intensa de la tierra
José Manuel Almerich




Un haz de rayos de sol entran con fuerza a través de la estrecha ventanilla del avión. Mientras intento salir de la somnolencia propia de los largos viajes, agudizo la vista con la intención de ver desde el aire el Vatnajökull, el mayor glaciar de Europa. Son casi las dos de la madrugada y el sol de medianoche deja de percibirse en el momento que el avión desciende y atraviesa hasta cuatro espesas capas de nubes. El camino del aeropuerto hacia Reykjavík serpentea entre lava negra recubierta de musgo fosforescente bajo un cielo gris plomizo, pero con un aire limpio y puro, una luminosidad extraña que desconcierta por su claridad. Fumarolas inquietantes a uno y otro lado crean un ambiente surrealista mientras una densa y fina lluvia empapa tu cuerpo sin darte apenas cuenta. 


Islandia, el último espacio virgen de Europa, es un territorio inmenso, sobrecogedor, uno de los espectáculos naturales más fascinantes del planeta, una isla de hielo y fuego donde el hombre se siente insignificante en mitad de una naturaleza hostil e indómita a la que sientes estremecer bajo tus pies. 


 

La isla, en su mayor parte deshabitada, se sitúa en la gran dorsal atlántica, la gran falla que separa las placas europea y americana, y cuya distensión a razón de 7 cm al año ocasiona que la energía interna de la tierra todavía caliente salga al exterior en forma de volcanes, fuentes calientes, géisers y solfataras, algunas de hasta 50 kms de anchura. Geológicamente Islandia es un país joven, tiene apenas 20 millones de años y la décima parte de su superficie está cubierta de glaciares. Se han contabilizado más de 200 volcanes, 30 de ellos activos. Sólo el Hekla ha tenido más de veinticinco erupciones en los últimos años, algunas de ellas de consecuencias dramáticas y siempre acompañadas de violentos terremotos. Si además, las erupciones se producen bajo la espesa capa de los hielos glaciares, las efectos pueden ser muy destructivos ya que los inmensos bloques y el hielo derretido arrasan implacablemente todo a su paso.  


 

“Vivir en una isla caliente implica un temor constante, pero también tiene sus ventajas”, me comentaba plácidamente un farmacéutico gallego afincado en Akureyri mientras compartíamos una pequeña piscina de aguas termales. No sé exactamente si se refería a su joven acompañante, una nórdica, casi albina, de ojos verdiazules o al placer de la relajación entre aguas sulfurosas, ricas en minerales, y cuyo baño es una de las sensaciones más intensas que he sentido jamás. Práctica obligada en un país con apenas dos horas de luz en invierno y cuya relación social pasa por el baño diario en las piscinas y la sauna. 




 
Islandia posee unos 800 manantiales de agua caliente, cuya temperatura en superficie oscila entre 80 y 100 grados. En 1930 comenzó a utilizarse por primera vez la energía geotérmica para la calefacción de las casas y desde entonces ya no habido vuelta atrás. El 95 % de la calefacción doméstica e industrial viene de esta energía limpia y renovable, a pesar del aspecto tenebroso de sus instalaciones y el impacto en el paisaje. En Islandia, el grado geotérmico de la tierra (la profundidad que hay que descender para que la temperatura ascienda 1 grado) es de 10 metros, mientras que en el resto del planeta es de 33 m como media. Por este motivo, la temperatura de 100 grados se alcanza descendiendo 1000 m. El magma caliente está aquí mucho más cerca de la superficie y el vapor de agua en algunos casos alcanza los 340 grados centígrados a apenas dos kilómetros de profundidad.


 

Si este vapor, procedente de aguas de lluvia y manantiales, no tiene salida a la superficie, permanece en bolsas atrapado entre capas permeables sobre una cámara magmática y alcanza elevadas temperaturas puede, por medio de perforaciones idénticas a un campo de petróleo, canalizarse hacia la superficie y enviado a turbinas generar electricidad. Si la temperatura es baja, entre 60 u 80 grados su extracción se destina a la calefacción de viviendas por medio de pozos de producción que alcanzan los 200 m2/h ya que por debajo de 120 grados centígrados no es posible producir electricidad a un nivel aceptable. 

 

El gobierno de Islandia es consciente del gran potencial sin explotar en la generación de energía geotérmica e hidroeléctrica y por ello tiene la intención de atraer inversiones en industrias que requieran gran consumo de electricidad. En la década de los sesenta se construyeron cerca de Reykjavík una planta de fabricación de aluminio y otra de sílice de hierro. También se instalaron empresas de cemento y fertilizantes de nitrógeno y ferrosilíceos. La elaboración de polvo de diatomita en sílica, una de las sustancias más utilizadas en el mundo en base a los esqueletos de un alga abundante el fondo del lago Mýtvatn también necesita un elevado consumo de energía eléctrica que procede de la cercana central geotérmica de Krafla. 



La central geotérmica más conocida y visitada se encuentra a apenas 50 km de la capital, en la península de Reykjanes. En mitad de un campo de lava se levantan las instalaciones que destacan por sus enormes fumarolas de vapor emergente y junto a un lago de color azulado donde la gente se baña con el rostro embadurnado de barro blanco en el ambiente más extraño e irreal que podamos imaginar. 


Los primeras centrales geotérmicas de alta temperatura fueron construidas en Italia en el año 1903 en la región de Larderello, cuya potencia en la actualidad alcanzan los 400 MW. En el área de Mýtvatn, al norte de la isla, tiene lugar la mayor actividad geotermal de toda Islandia y allí se establecieron en 1965 las dos centrales geotérmicas adquiridas posteriormente por la National Power Company Landsvirkjun para abastecer la creciente demanda de electricidad tanto para uso industrial como doméstico. En 1983 se aprobó una nueva ley al respecto de la energía con la concesión a Landsvirkjun para toda la isla y con la participación del estado en un 50%, la ciudad de Reykjavik en un 45% y la población de Akureyri con el 5% restante.



La estación de Bjarnerflag, a tan solo 4 kms de Reykjahlid, fue la primera central geotérmica levantada en Islandia para producir energía eléctrica a la ciudad de Akureyri y sus alrededores. Constaba de una vieja turbina de 3MW adquirida de segunda mano a una industria azucarera escocesa. Con la nueva ley de 1983 pasó a manos de Landsvirkjun y está controlada por la central de Krafla. Krafla, cerca del volcán del mismo nombre, es la mayor de todo el norte de la isla y fue construida por el estado entre 1975 y 1977. En un primer momento esta polémica central fue diseñada para mover dos turbinas de 30 MW cada una, pero como no se necesitaba tanta electricidad, una de las turbinas no fue ni desembalada de su caja hasta este año en que ha sido finalmente instalada. Landsvirkjun, la empresa pública propietaria de ambas centrales, Bjarnerflag y Krafla, juega un importantísimo papel en la vida y en la economía del distrito de Mýtvatn. En ella trabajan dieciseis personas altamente cualificadas y garantiza el suministro eléctrico de agua caliente y calefacción doméstica, luz y vapor para mover las turbinas de la fábrica de diatomitas. Durante el corto verano da trabajo a jóvenes que ayudan a mantener y mejorar el entorno afectado por la central, repoblación allí donde es posible y regeneración del paisaje. También cultivan la tierra aprovechando el calor generado en invernaderos y la protegen de la erosión cumpliendo el compromiso de la central con el entorno natural.



Hay quién dice que Islandia es el último territorio europeo donde el hombre todavía debe luchar por sobrevivir antes que por proteger la naturaleza. Esta impresión a priori cierta, desaparece cuando contemplas la inmensidad del territorio islandés y sientes la fuerza intensa del paisaje. Con apenas 240.000 habitantes este país prácticamente deshabitado tiene que salir adelante utilizando sus recursos energéticos en un entorno hostil y el compromiso de conservación de una isla única, indómita y tan desconocida como lo ha sido desde el origen de la tierra. 



lunes, 29 de junio de 2015

Transilvania

Un viaje en bicicleta por los Cárpatos
José Manuel Almerich

Desde hacía años tenía en mente cruzar la cordillera de los Cárpatos en bicicleta de montaña. Una obsesión como geógrafo para ver y sentir, la naturaleza inalterada de una Europa confinada, primitiva y rural, donde las entrañas de sus bosques esconden, todo tipo de vida.



- I Know all of you 

Con la contundencia y seriedad de estas palabras se dirige a mí Lucián, instructor de montaña del ejército rumano. Lleva una hora esperándonos en el pequeño aeropuerto de Baneasa, cerca de Bucarest, para trasladarnos a Zarnesti, un pequeño pueblo en el corazón de los Cárpatos. Nuestro propósito es intentar cruzar en bicicleta la cordillera más importante de Rumanía y una de las cadenas montañosas más desconocidas del mundo.

Doce horas hemos tardado en llegar desde Valencia a este recóndito lugar, un amplio valle al sudeste de la misteriosa e inquietante región de Transilvania. Porque si Zarnesti es un pueblo apartado a los pies de un imponente macizo, Piatra Craiului, mucho más lo son las aldeas y granjas dispersas en sus bosques, bosques como jamás he visto y que parecen esconder en sus entrañas todo tipo de vida. Estamos ante las montañas más apartadas del viejo continente, regiones salvajes ancladas en el tiempo, territorios vírgenes donde la presencia del hombre es apenas una anécdota en el paisaje y cuyas cicatrices en la tierra se limitan al estrecho y curvo filo de la guadaña o las grafías de las ruedas tiradas por caballos sobre los prados de altura. El queso, la leche, el pan y los productos de esta tierra embarrada, tienen en su sabor la esencia del esfuerzo y también, la amenaza del hambre cuando los inviernos se muestran implacables. 



Desde hacía años tenía en mente cruzar los Cárpatos en bicicleta de montaña. Una obsesión como geógrafo para ver y sentir, la naturaleza de una Europa inalterada. Una Europa confinada, primitiva y rural, testimonio de nuestro pasado no tan lejano, símbolo de la lucha del hombre por la supervivencia. Acompañado de mis mejores amigos, de esos que han costado de encontrar toda una vida, inseparables compañeros de viaje y dispuestos a sufrir a tu lado todo tipo de inclemencias, nos lanzamos casi a ciegas, a recorrer estas soberbias montañas. Andrea y Dani fueron nuestros guías rumanos y en ellos depositamos toda nuestra confianza por las oscuras sendas de los hayedos más densos del mundo.


La cordillera de los Cárpatos es una de las mayores cadenas montañosas del continente europeo. Forma un inmenso arco de 1500 km de longitud y unos 150 km aproximados de anchura a lo largo de las fronteras de Austria, República Checa, Eslovaquia, Polonia, Ucrania, Rumanía, Serbia y el norte de Hungría. Tiene un tamaño tres veces superior a los Pirineos, aunque no alcancen tanta altura. Al igual que los Alpes, los Cárpatos son de origen alpino y se levantaron hace unos 26 millones de años. Su modelado, de cimas suaves y redondeadas, cubiertas de bosques primarios de incalculable valor para la humanidad, se debe a las erosiones glaciares y a los valles fluviales. La cumbre más alta de toda la cordillera es el Pico Gerlachov que se alza a 2654 m y se encuentra en los montes Tatras, que es la parte eslovaca de los Cárpatos. A pesar de su altura relativamente moderada, tanto el paisaje como la sensación cuando los atraviesas, es totalmente alpina ya que la altitud queda compensada por la latitud. La vertiente sur de la cordillera se divide en dos cuencas: la Panonica y la Transilvana, siendo esta última las más elevada y a la que dedicaremos nuestro esfuerzo.


Piatra Craului
 
Comenzamos nuestra travesía una soleada mañana de finales de primavera a los pies de la inmensa mole de Piatra Craului que domina el valle donde se ubica Zarnesti. Los bosques de Zarnesti son el último santuario del oso europeo y cuyo número se calcula en unos seis mil ejemplares. Andrea nos advierte que no salgamos del camino y que si surge algún apretón, seamos rápidos y sin escondernos en la espesura. Con estas advertencias en la mente y rodeados de caballos percherones, recorremos las primeras colinas y llegamos a Vulcan donde una iglesia fortificada nos llama poderosamente la atención, puesto que conserva íntegramente las murallas medievales que envuelven el recinto sagrado y recostadas sobre ellas, las antiguas casas con techumbre de madera. Durante días enteros pasaremos por hayedos que son ejemplos notables de cómo se colonizó un territorio tras la última glaciación, reservas genéticas de especies botánicas asociadas y donde se pueden observar los procesos ecológicos más completos y exhaustivos de los bosques primigenios ya casi desaparecidos en el resto de Europa. Y eso a pesar que de los bosques rumanos surgieron los postes de madera que sustentan Venecia, de la misma manera que la mano de obra ha levantado con la emigración, la construcción en Europa.



El paisaje rural de Rumanía es, a nivel humano, como la España de principios del siglo XX. De vez en cuando algún viejo Renault 12 rompe el silencio que a veces es tan absoluto, que durante horas sólo se escucha el sonido de los campesinos afilando las guadañas. Esa misma noche observaremos completo por primera vez, un eclipse lunar. Cinco horas después, como no hay cortinas en las habitaciones, el sol te despertará con toda su fuerza.



Seguimos nuestro camino recorriendo las partes altas del macizo y volvemos a los valles tan sólo para dormir. Familias enteras trabajan la tierra y se preparan para el invierno. La hierba es cortada y amontonada para poder alimentar al ganado cuando las nieves cubran los pastos y los niños, con apenas siete años, trabajan en el campo con sus padres. 



Durante la ruta las iglesias ortodoxas salpican el paisaje aunque a veces, la altura de los árboles no dejará ver sus cúpulas. En su interior, un micro universo aislado, medieval, cerrado por iconostasios dorados donde se suceden, en orden histórico, las imágenes de origen bizantino que representan a los Padres del Concilio, los Santos, la Virgen y los Apóstoles. Un entorno sagrado donde no se nos permite, cruzar la puerta santa. En las cuevas se conservan también, monasterios de una humildad y pobreza extremas. Allí se refugiaron los monjes, huyendo de los tártaros y parece que de las paredes de la gruta emanan todavía, los cantos de los popes. Cirios, velones, iconos de rostros aureados, pinturas en la roca, cruces ortodoxas y el humo de las lamparillas crean un ambiente entre mágico y sacrosanto difícil de describir. Con la luz que emana de la llama de las candelas encendidas durante siglos dejamos testimonio escrito de nuestra presencia.
 
 

Paso de lobos
Hoy cruzaremos un cañón cuyo único camino es el lecho del río. No recuerdo los kilómetros que tuvimos que pedalear con el agua por las rodillas, pero superamos la docena. Un grupo de amigos de los pueblos cercanos nos acompañan en esta durísima etapa que me pasará factura el resto del viaje. Nos cuenta Dani que este estrecho cañón entre las montañas de Fundata, Fundatica, Dambovicioara y Ciocanu es un paso de lobos. Que a finales de año manadas enteras cruzan por el desfiladero que forma el río, porque es el único paso posible en sus migraciones entre zonas distantes de los Cárpatos.

- Hacer un vivac a la espera es emocionante -dice Dani- porque las noches de luna llena ves las manadas pasar silenciosas en pequeños grupos familiares, seis, diez, doce… Todos los rumanos respetan este paso y ningún ser humano osará hacerles daño mientras crucen en su migración anual en busca de comida. Y comeremos nosotros también, invitados por un buen amigo en el jardín de su casa de Magura. Sin vino esta vez pero con polenta, una especie de pasta de harina rellena de queso. Un queso fuerte y graso que también es, la esencia del paisaje.


Vlad the Impaler
 
A la mañana siguiente pasaremos por la población de Bran, dominada por el castillo de Vlad III el Empalador, príncipe de Valaquia. Conocido en todo el mundo como el conde Drácula, todo se debe a una novela de terror escrita por el irlandés Bram Stoker sobre un vampiro que viaja desde Transilvania a Londres a fin de someter al mundo. Se dice que Stoker fue asesorado por un amigo húngaro que le contó la vida del noble rumano quien torturaba a sus enemigos con uno de los mayores padecimientos a los que se puede someter a un ser humano, el empalamiento. Vlad III fue uno de los tres hijos legítimos de Vlad Dracul y un gran luchador contra la expansión del Imperio Turco. Su fama le viene por la extrema crueldad con todo aquel que cometía algún delito o le traicionaba. La visión de cientos de empalados desde lejos cuando se acercaban al castillo, disuadía a los ejércitos otomanos que jamás pasaron la frontera. Esa noche, por si acaso, dormiremos lejos, en un alojamiento alejado, el más solitario y aislado de toda la ruta. No hay nadie en la casa ni a kilómetros de ella. Un refugio de montaña en lo alto de una colina donde el viento y las tormentas no cesarán en toda la noche.



Desde Magura, el lugar donde hemos pasado la noche, saldremos a la mañana siguiente. Un grupo de niños con quienes estuve jugando el día anterior ya están desde muy temprano con el rebaño de ovejas y el mayor, cortando hierba con la espadaña. Viven solos con su madre y su abuela quienes, alcoholizadas, hacen lo que pueden por salir adelante. De su padre, nadie sabe nada. Su casa es pobre, de madera con techumbre de zinc y construida en una ladera de acusado desnivel
 
Tras un vertiginoso descenso entre hayedos inmensos que no dejan pasar la luz del sol, llegamos al fondo de una garganta donde el verde del bosque da paso al gris negruzco de las paredes de roca caliza. Distingo algunas vías de escalada y pasos difíciles que van quedando atrás hasta alcanzar un refugio con una gran cruz de metal en memoria de dos montañeros a quienes alcanzó un rayo en el interior. Al final del cañón un duro ascenso nos lleva de nuevo a la las colinas soleadas cubiertas de abetos. Una estrecha senda nos obliga a subir con la bici al hombro durante varios kilómetros hasta que alcanzamos los prados de altura. Hemos pasado de un bosque templado a un paisaje alpino. La vegetación también ha cambiado ya que aquí las especies se han adaptado al frío dejando más abajo, las caducifolias. Me comenta Dani que las vacas en esta zona producen leche de primera calidad porque comen plantas y flores aromáticas cuyo sabor transmiten a la leche. Estamos cruzando la carena, divisoria de aguas, por donde transcurrían los antiguos límites entre el Imperio Otomano y el Imperio Austrohúngaro. Descendemos con rapidez de nuevo, hacia los paisajes humanizados cuyos campos cultivados convierten el paisaje en un mosaico de color. Esa noche dormiremos en Moieciu de Sus, cuyos habitantes nos reciben con tacos de queso curado y Sura de Polinca, una especie de licor fuerte de ciruelas. 

Buena cena, buen desayuno y buen alojamiento. Poco más podemos pedir en una casa construida íntegramente en madera. Estoy convencido que la han levantado ellos mismos, por eso los rumanos cuando emigran a otros países se atreven con todo tipo de trabajos. No obstante, esto también tiene sus problemas, ya que la falta de especialistas hace que las casas tengan numerosos defectos.


Brasov
 
A la mañana siguiente llegaremos a Brasov, una de las ciudades más interesantes de Rumanía y la mejor conservada de Transilvania. Con aire italiano, Brasov tiene numerosos palacios y casas señoriales, está totalmente amurallada y su perímetro responde a la ciudad original. Muy similar a Florencia, en Brasov se funden todos los estilos artísticos: barroco, gótico y renacentista. Es un milagro que se haya mantenido en pie tras la dictadura de Ceaucescu que no le tembló la mano para arrasar Bucarest y destruir su casco antiguo. Quizás aquí fue su población sajona, alemanes que emigraron a Transilvania, los que hicieron que Brasov se conservase íntegra. Pasaremos dos noches en un buen hotel, céntrico y confortable, puesto que dejamos para el último día, un treeking por el Seven Ladder Canyon, una cicatriz en el corazón de la Piatra Mare, la última estribación de los Cárpatos antes llegar a la depresión de Brasov, que marca el final de las montañas y con ellas, el final de nuestra travesía. Las bicis en esta ocasión, nos servirán para aproximarnos al gran cañón y las dejaremos escondidas entre la vegetación. Esa misma noche volverán a sus cajas de cartón y con ellas, regresaremos a casa.


 
Las montañas de Rumanía, al igual que el resto de las montañas del mundo, son los últimos espacios vírgenes del planeta. Son tierras de eterna belleza con sus campos de labranza y elevadas cumbres. Al margen de Europa y lejos de la economía desarrollada, osos, linces y lobos se esconden en sus bosques. Y mientras en las ciudades no puedes perder de vista ni la menos valiosa de tus propiedades, en los pueblos de Transilvania las llaves siempre están puestas en las cerraduras. Cuando viajamos a pie o en bici por las montañas, somos absolutamente diferentes a cuando estamos en las ciudades. Aquí nuestros sentidos se agudizan y te hacen estar siempre alerta, porque viajar, esforzarte, abandonar tu entorno cotidiano en busca de lo desconocido, no es más que la expresión física de nuestros sueños, de poner en práctica nuestras emociones. Y por eso escribimos también, para compartirlas y para hacerlas sentir.


En pocos lugares de Europa podremos observar un modo de vida tan medieval y quizás, los Cárpatos sean ese eslabón cultural y natural con el mundo antiguo. Caóticos, emotivos e irreverentes, religiosos también, los rumanos o hijos del pais de roma se consideran en gran parte, descendientes de los Dacios, una de las tribus de Tracia ya mencionadas por los geógrafos griegos como los habitantes de las llanuras más allá de las selvas.

Detrás nuestro va quedando el mar de bosques que asciende desde el fondo de los valles hacia las laderas de las montañas. Y allí, en apariencia vacío de rastro humano, quedan las iglesias ortodoxas, las casas de madera, los pueblos medievales y nuestros amigos. Porque así los consideramos desde el primer momento, quizás porque ellos ya lo sabían todo sobre mí. 


La última cena en Brasov fue emotiva y conmovedora. Fuimos invitados por Andrea y Dani, para quienes supuso un esfuerzo importante puesto que los precios eran parisinos. Pocas veces he visto a un guía de montaña emocionarse ante una despedida y soltar alguna lágrima mientras nos abrazamos. Porque cuando has visto llorar a un guía entiendes de inmediato que éste no ha sido un viaje convencional, que parte de ti se queda en Transilvania, y parte de Andrea se ha venido con nosotros.


 
Y como siempre, ahí van las fotos.
Espero que os gusten

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