jueves, 5 de mayo de 2016

Lanuza

El renacer de un pueblo abandonado
José Manuel Almerich





Tras medio siglo de silencio, Elena, Orosia y Quiteria lanzaron de nuevo al viento sus repiques. El sonido que marcaba las horas, las liturgias, los bautizos, y también la muerte, han vuelto a resonar en el valle de Tena. Cuando en 1961 comenzaron las expropiaciones, las cuarenta familias que habitaban Lanuza tuvieron que abandonar el pueblo. Algunas se resistieron pero en mayo de 1976 se cerraron definitivamente las compuertas. El pueblo estaba condenado, en ese momento vivían 147 personas. Dos años después, fueron desalojados los últimos vecinos.




El agua fue inundando los campos primero, los pastos después y por último las casas más bajas. El pueblo quedó desahuciado. El viejo camino junto al río, los pequeños huertos, las calles empedradas, prados y corrales, junto con la cultura ancestral de un paisaje humanizado, quedaron bajo el embalse. El expolio, allí donde el agua no llegó, hizo desaparecer verjas, puertas y dinteles, aperos de labranza, tejas y los muebles que quedaron en las casas.



Hasta las campanas fueron arrancadas de la Iglesia y el templo, abandonado a su suerte, comenzó a desmoronarse como un penitente herido, mudo testigo ante el abandono y la desolación.

El origen de Lanuza es tan antiguo como su propio nombre, un topónimo celta que significa ladera,  haciendo alusión a las suaves vertientes donde se fue levantando el casco urbano entre praderas y bosques de ribera, en la soleada orilla del río Gallego. La primera referencia a Lanuza aparece documentada en el siglo XIII. A finales del siglo XV contaba ya con veinte hogares y formaba parte, junto con Sallent, de uno de los tres históricos quiñones o núcleos administrativos en los que se dividía el valle de Tena.  



Desde la Alta Edad Media, el Valle fue considerado como una unidad independiente, una Universidad gobernada por un concejo de representantes de los diversos lugares como un pequeño parlamento. Durante el siglo XV se denominó la “Hermandad de Tena” que luego se transformó en la Junta General de la Val de Tena, presidida por el Justicia. Por aquel entonces, la Val de Tena contaba con doce pueblos agrupados en tres quiñones: Sallent y Lanuza que formaban el quiñón de Sallent. Panticosa, Hoz, el Puello y Exena formaban el quiñón de Panticosa, y Tramacastilla, Saqués, Búbal y el núcleo aislado de Polituara y las casas de la Artosa y la Pardina, Piedrafita, Escarrilla y Sandiniés, el quiñón de Partacua. Estarluego y Exena desaparecieron en el siglo XVI, Búbal, Polituara, Saqués y Artosa fueron afectados por la construcción de los embalses y Lanuza se abandonó completamente en la década de los setenta. El quiñón tenía competencia en materia de pastos, ganados, construcción de puentes y reparación de caminos. Los documentos antiguos hablan de buenas relaciones con los valles franceses de Ossau y San Sabín, lo que indica una unidad económica y cultural común pirenaica, un hecho que chocaba frontalmente con las distintas políticas de sus respectivos países.



Lanuza tuvo años de prosperidad, cuando el comercio de la lana era la principal actividad económica del valle, y la cercanía de la frontera del Portalet de Aneu lo convirtió en una zona de paso obligado e intercambio comercial. También de guerras como la Independencia ya que los pueblos del valle fueron los que primero la sufrieron; la primitiva iglesia románica fue quemada por los franceses.   




Por esta época Lanuza tenía 40  casas y una cabaña ganadera de 5000 ovejas, 40 mulas, 23 vacas y 4 asnos. Una riqueza superior en proporción a los otros pueblos, algo que les permitía una vida digna dentro de las limitaciones que tenían los habitantes de montaña en una España atrasada, pobre e incomunicada.  Pero este aislamiento y olvido ancestral, no le libró de proyectos considerados de interés nacional como fue la construcción de los embalses en un momento que no había ningún tipo de consideración con el patrimonio ni con el medio de vida de sus habitantes, y lo que es peor, con graves errores de cálculo ya que en muchas ocasiones el agua no cubrió totalmente los pueblos afectados. 



Pero como si esta misma agua hiciese germinar la semilla del recuerdo, los vecinos desplazados comenzaron una batalla contra la Administración y volvieron al pueblo a recuperar las casas y los solares que no habían sido inundados. En 1992 la propia Confederación Hidrográfica del Ebro empezó a revertir los terrenos y el núcleo urbano que quedaba por encima del nivel de seguridad del embalse. Los antiguos moradores consiguieron  restaurar poco a poco sus viviendas e iniciaron un proceso de revitalización que sigue activo. Se creó una asociación cultural, heredera de la antigua asociación de vecinos “La Escuela” y reconstruyen la Iglesia del Salvador con la ayuda económica del Gobierno de Aragón y el resto con la aportación de los vecinos. Quedaban las campanas que fueron recuperadas una a una pese a la oposición del Obispado, excepto Santa Orosia, la más pequeña, que había sido construida en 1884 y de la que nadie sabía nada. 



Varios años después de la expropiación, uno de los vecinos llamado Marcos Grasa, se puso a investigar para averiguar el paradero de varios objetos de culto que habían desaparecido de la Iglesia, y entre ellos la campana Santa Orosia, que era la que repicaba las horas. Sebastián y Jerónimo, dos pastores que en verano volvían con su ganado a los prados de Lanuza, le contaron a Marcos que un día vieron salir un coche del pueblo abandonado con matrícula de Barcelona. Tras su partida, la campana había desaparecido. Sin más datos poco se podía averiguar, pero un día, en febrero de 1998, y tras haber publicado un artículo con referencia a este hecho en una revista de Jaca, llamada Jacetania, un señor llamó a su casa desde Sabadell, quien le confesó que sabía dónde estaba la campana y, no sólo eso, sino que conocía al propietario del coche que se la había llevado. Le dio sus datos, nombre y teléfono, y tras una serie de gestiones, la pequeña Santa Orosia fue recuperada.  En septiembre de ese mismo año, la iglesia fue entregada a Lanuza en la Iglesia de Sallent y unos días después, fue colocada de nuevo en la torre de la Iglesia. La Iglesia del Salvador reconstruida totalmente sobre el templo románico incendiado por los franceses, ha quedado como símbolo de un pueblo rescatado del abandono total. También se recuperaron costumbres ancestrales como la danza del palotiau, una representación muy antigua, mezcla entre pastoril y guerrera, en la que los danzantes hacen chocar entre sí cayados de madera.



En la actualidad el pueblo ha sido restaurado en su totalidad. Viven 8 familias de forma permanente y la vida ha vuelto de nuevo a Lanuza. Calles de piedra, casas levantadas sobre solares que jamás se inundaron y viviendas reconstruidas sobre sus propias ruinas vuelven a tener las techumbres cubiertas de pizarra negra. Hay quien dice que el pueblo no es lo que era, que ha quedado demasiado “perfecto”, que ahora es un lugar de veraneo o reclamo turístico para explotar el potencial que tiene un lugar como éste cercano a las pistas de esquí.  Pero esta afirmación, siendo en parte cierta, no tiene en cuenta el esfuerzo de sus vecinos, el derecho a recuperar lo que fue suyo y también de gente foránea que ha contribuido a redimir del olvido, un pueblo abandonado. Y buscar una salida económica a un valle entero, es un derecho y una labor de supervivencia, la única posible en este recóndito lugar de los Pirineos.


En verano Lanuza tiene un dinamismo propio de los pueblos con vida y en invierno, la nieve les permite subsistir. Los antiguos vecinos vuelven por vacaciones y los que no, alquilan sus casas a turistas que practican el senderismo u otras actividades vinculadas con la naturaleza y respetuosas con ella. Y eventos culturales que han convertido Lanuza en un punto de referencia universal como es el Festival de Pirineos Sur durante la segunda quincena de julio. Este festival congrega en el pueblo a los más importantes grupos de música étnica, tradicional y alternativa procedentes de distintas partes del mundo. Por otro lado, las fiestas patronales, también recuperadas, tienen lugar el último fin de semana de agosto, además del día de Santa Quiteria, o Fiesta Pequeña, que se celebra el 22 de mayo.



Entre la gente forastera que ha contribuido a recuperar Lanuza, se encuentra el valenciano José Manuel Martínez Rosaleny, conocido en Albal como Pixurri, un empresario rebosante de inquietudes y trabajador incansable que descubrió el pueblo abandonado mientras participaba en la Quebrantahuesos, una prueba ciclista de gran dureza que recorre desde hace más de veinte años los valles del Pirineo Aragonés. Pitxuri vio de lejos el pueblo, se fijó en sus casas en ruinas al otro lado del río y pensó: “tengo que construir una casa allí”




Y así fue. Siete años después volvió al valle con su mujer y decidió adquirir un solar sobre el que construyó su casa. Una casa alta, de amplios y luminosos ventanales, sólida y elegante, totalmente integrada en el casco urbano, y que convirtió en alojamiento rural las apartamentos más elevados. Cuidó al máximo los detalles de la obra, buscó materiales de primera calidad de acuerdo con el entorno, la dotó de todas las comodidades incluidos  sauna, jacuzzi y spa, y consiguió algo fundamental: poner en valor un pueblo abandonado.



Desde entonces el viajero, montañero, excursionista o esquiador tiene un lugar donde descansar dignamente adaptado a todas las normativas del turismo rural aragonesas. Y así se levanta un pueblo abandonado, no sólo recuperando las casas sino invirtiendo en ellas, y confiando en su potencial turístico, algo que en muchas ocasiones no ocurre en el mundo rural, ya que sus propios habitantes no son conscientes o no creen en el valor de su propio entorno.



Pixurri contribuyó, como cualquier vecino, en los gastos de la recuperación del pueblo; dos antiguos vecinos de Lanuza, Marcos Crasa y Ángel Pérez, le comentaron si podía hacerse cargo del reloj de la torre de la Iglesia, y que precisamente lo iban a reparar en Valencia. Sin dudarlo ni un instante, Pixurri se hizo cargo de los gastos e hizo el donativo que le pidieron para este menester y que el reloj volviese a tocar las horas, pensando sobre todo en el esfuerzo que estos hombres habían hecho el pueblo que les vió nacer. Lanuza le entró por la vista y le llegó al corazón mientras rodaba en bicicleta por el valle de Tena. La casa rural, un sueño cumplido, permanece ahora abierta todo el año garantizando alojamiento a los visitantes que deseen conocer este rincón del pirineo aragonés. Amplía la oferta para los esquiadores en pleno invierno, y permite una estancia relajada y fresca durante el verano. 
En el año 2001 en Lanuza no existía el asfalto, ni alumbrado público. Tan solo una Iglesia y siete casas. Hoy ya tienen 65 viviviendas recuperadas, un hotel, un restaurante y Casa Pixurri. Un sueño hecho realidad del que algunos de sus artífices no pudieron despertar, ya que se fueron sin  haber visto su pueblo renacer.




Recorrimos el valle finales de otoño. Ascendimos a los collados cercanos al pueblo y descubrimos las ermitas escondidas testimonio de la vida humilde y sacrificada de sus habitantes. El Valle de Tena no sólo es un lugar donde ir a dormir tras un día de esquí. Es el legado cultural que dio origen al Consejo de Aragón y una de las puertas de entrada a España desde Francia. Rebosa historia por los cuatro costados y también, esconde en las construcciones secretas de la Línea P los secretos mejor guardados de las últimas guerras europeas.



Portalet d’Aneu, Formigal, el balneario de Panticosa, Polituara o el pueblo de Sallent de Gallego al que ahora pertenece Lanuza, son lugares de visita obligada y punto de partida a los grandes tres miles del pirineo aragonés: Balaitus, el Gran Facha, Argualas o los Picos del Infierno, grandes cumbres que vigilan el valle y aportan con sus nieves casi perpetuas, el agua que da vida a los pueblos y sus gentes. Esperan también, en un enclave de extraordinaria y sublime belleza, que algún día los conquistemos andando.

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